FÚTBOL O MAGIA NEGRA?
El Mundial de Inglaterra 1966 es recordado por el gol fantasma de Hurst, las lágrimas de Pelé tras las patadas de los defensas, y la histórica victoria de la humilde Corea del Norte frente a la todopoderosa Italia. Pero hay otra historia o más bien, una leyenda urbana colectiva que merece una estatua de oro en el museo de los mitos más delirantes del fútbol: el misterio de los coreanos mutantes del entretiempo.
Para ponernos en contexto, imaginen la Inglaterra de los años 60. El rock and roll estaba en auge, la televisión a color era un lujo y el conocimiento promedio del europeo occidental sobre la geografía asiática era, siendo generosos, nulo.
Cuando la selección de Corea del Norte aterrizó en la sede de Middlesbrough, los lugareños se encontraron con un equipo de atletas que rompían con todo lo que conocían. No solo eran bajitos y rápidos como demonios, sino que lucían un look milimétricamente idéntico: el pelo rapado al ras, rasgos similares para el ojo europeo y un estado físico tan absurdamente infinito que hacía sospechar a cualquiera.
La leyenda de los «22 hombres y un destino»
El rumor comenzó a correr como la pólvora tras los primeros partidos. Los rivales terminaban los primeros 45 minutos con la lengua fuera, pidiendo la hora y el tanque de oxígeno. Mientras tanto, los coreanos se iban al vestuario sin una sola gota de sudor, con el pelo rapado intacto (porque claro, no había melena que despeinar) y regresaban al campo… ¡como si acabaran de despertarse de una siesta de ocho horas!
Pronto, el runrún en las gradas y en los hoteles de concentración se convirtió en una teoría de conspiración digna de James Bond:
«Estos tipos están haciendo trampa. En el descanso se van al vestuario y cambian a los once jugadores por otros once idénticos que están frescos».
La teoría tenía su «lógica» para la época. Dado que todos compartían ese corte de pelo militar ultrauniformado y una complexión física tan fibrosa como idéntica, la prensa de la época y los aficionados rivales juraban que el número 7 de la segunda parte no era el mismo que el de la primera. ¡Es que era imposible que un ser humano corriera así! Se decía que tenían un búnker secreto bajo el estadio lleno de gemelos listos para el relevo.
¿Fútbol o la fábrica de clones?
Analicemos las «pruebas» que manejaban los conspiranoicos del pub inglés:
El factor capilar: Sin peinados excéntricos, patillas de la época ni flequillos, el pelo rapado actuaba como el camuflaje perfecto. Para un linier inglés, diferenciar a Pak Do-ik de de Li Chan-myung a 40 metros de distancia era como intentar descifrar física cuántica.
El físico infatigable: Mientras los italianos o los chilenos disfrutaban de los placeres de la buena mesa y la vida nocturna, los coreanos venían de un régimen de entrenamiento militar draconiano. No es que cambiaran de jugadores; es que sus pulmones tenían el doble de capacidad que los del resto de los mortales.
Obviamente, la FIFA nunca encontró sustitutos escondidos en las taquillas ni pasadizos secretos en los vestidores de Middlesbrough. Todo se reducía a una disciplina táctica aterradora y a una condición física que dejó en ridículo a las potencias occidentales.
El mito que superó la realidad
Al final, la aventura de los norcoreanos terminó en cuartos de final contra la Portugal de Eusébio (en un partido de locos que perdieron 5-3 tras ir ganando 3-0). Sin embargo, la leyenda de los «jugadores clonados» ya era inmortal.
Aquellos muchachos de pelo rapado no necesitaron magia, gemelos ocultos ni cambiar de plantilla en el descanso para hacer historia. Les bastó con correr las dos mitades como si les fuera la vida en ello y tener a todo un continente rascándose la cabeza, preguntándose si el fútbol se jugaba con once… o con veintidós.

